lunes, 6 de septiembre de 2021

¿Qué es, verdaderamente, el KARMA? - Glosario Teosófico de H. P. Blavatsky



Físicamente, acción; metafísicamente, la LEY DE RETRIBUCIÓN, la Ley de causa y efecto o de Causación ética. Némesis, sólo en el sentido de mal Karma. Es el undécimo Nidâna [o causa de existencia] en el encadenamiento de causas y efectos, en el Budismo ortodoxo; más aún: es el poder que gobierna todas las cosas, la resultante de la acción moral, el samskâra metafísico, o el efecto moral de un acto sometido para el logro de algo que satisfaga un deseo personal. Hay Karma de mérito y Karma de demérito. El Karma no castiga ni recompensa; es simplemente la Ley única, universal, que dirige infaliblemente, y por decirlo así, ciegamente, todas las demás leyes productoras de ciertos efectos a lo largo de los surcos de sus causaciones respectivas. Cuando el Budismo enseña que “el Karma es aquel núcleo moral (de todo ser), lo único que sobrevive a la muerte y continúa en la transmigración” o reencarnación, quiere decir simplemente que después de cada personalidad no quedan más que las causas que ésta ha producido; causas que son imperecederas, esto es, que no pueden ser eliminadas del universo hasta que sean reemplazadas por sus verdaderos efectos, y destruidas por ellos, por decirlo así, y tales causas –a no ser que sean compensadas con efectos adecuados, durante la vida de la persona que las produjo–, seguirán al Ego reencarnado, y le alcanzarán en su reencarnación subsiguiente hasta quedar del todo restablecida la armonía entre los efectos y las causas. Ninguna “personalidad” –mero conjunto de átomos materiales y de peculiaridades instintivas y mentales– puede continuar naturalmente como tal en el mundo del Espíritu puro. Sólo aquello que es inmortal en su misma naturaleza y divino en su esencia, esto es, el Ego, puede existir para siempre. Y siendo el Ego el que elige la personalidad que va a animar, después de cada Devachán, y el que recibe por medio de dichas personalidades los efectos de las causas Kármicas producidas, de ahí que el Ego, el Yo que es el “núcleo moral” de que se ha hecho mención, y Karma encarnado, sea “lo único que sobrevive a la muerte”. [Esta ley existe desde la eternidad, y en ella, porque es la Eternidad misma, y como tal, puesto que ningún acto puede ser coigual con la Eternidad, no puede decirse que obra, porque es la Acción misma. No es la ola la que ahoga al hombre, sino la acción personal del desdichado que marcha deliberadamente y se coloca bajo la acción impersonal de las leyes que gobiernan el movimiento del océano. El Karma no crea ni designa nada. El hombre es quien traza y crea las causas, y la ley kármica ajusta los efectos, y este ajustamiento no es un acto, sino la armonía universal que tiende siempre a recobrar su posición primitiva, como una rama de árbol, que si se dobla con violencia, rebota con la fuerza correspondiente. Si se fractura el brazo que trató de doblarla, ¿diremos que fué la rama que rompió nuestro brazo, o que nuestra propia imprudencia nos ha acarreado tal desgracia? El Karma no ha tratado jamás de destruir la libertad intelectual e individual, como el dios inventado por los monoteístas. No ha envuelto sus decretos en la obscuridad de un modo intencionado para confundir al hombre, ni tampoco castiga al que osa escudriñar sus misterios; antes al contrario, aquel que a fuerza de estudio y meditación descubre sus intrincados senderos y arroja alguna luz en sus obscuros caminos, en cuyas revueltas perecen tantos hombres a causa de su ignorancia del laberinto de la vida, trabaja para el bien de sus semejantes. El Karma es una ley absoluta y eterna en el mundo de manifestación, y como sólo puede haber un Absoluto, como una sola Causa eterna siempre presente, los creyentes en el Karma no pueden ser considerados como ateos o materialistas, y menos aún como fatalistas, puesto que el Karma es uno con lo Incognoscible, de lo cual es un aspecto, en sus efectos en el mundo fenomenal. (Doctr. Secr., II, 319–320). – Entre las varias divisiones del Karma establecidas (Karma individual y colectivo, Karma positivo y negativo; Karma masculino y femenino, etc.), tiene una importancia especial la triple división en: 1º Karma acumulado o latente (Sañchita Karma), que es el constituido por multitud de causas que vamos acumulando en el decurso de nuestra vida y que no pueden tener inmediata realización; 2º Karma activo o empezado (Prârabdha Karma), aquel cuyos efectos se manifiestan ahora en nuestra propia naturaleza, esto es, aquello que constituye lo que se llama nuestro carácter, las múltiples circunstancias que nos rodean en la vida presente, y 3º el Karma nuevo, el que actualmente engendran nuestras diversas actividades (Kriyamâna Karma). Esta división, que expone J.C. Chatterji en la Filosofía esotérica de la India, es la misma que hallamos en la excelente obra de A. Besant, Sabiduría Antigua, en estos términos: “Será necesario distinguir entre el Karma maduro, pronto a manifestarse como sucesos inevitables en la vida presente; el Karma de carácter, que se manifiesta en las tendencias que son resultado de experiencias acumuladas y que son susceptibles de ser modificadas en la vida presente por el mismo Poder (el Ego) que las creo en la pasada; y por último, el Karma que ahora está produciendo y dará origen a sucesos venideros y al carácter futuro. Estas son las divisiones designadas con los nombres de Prârabdha (empezado, que debe efectuarse en la vida), Sañchita (acumulado), una parte del cual se manifiesta en las tendencias (samskaras), y Kriyamâna, en curso de creación o formación”. (Obra citada, pág. 326). —
San Pablo, el iniciado, expresa de un modo pintoresco la operación del Karma diciendo: “Todo lo que el hombre sembrare, eso recogerá”. (Gálat., VI, 7), sentencia análoga a la de los Purânas: “Todo hombre recoge las consecuencias de sus propias obras”. La ley del Karma se halla inextricablemente ligada con la de la Reencarnación.




 PUENTES HACIA TI MISMO


El dolor atraviesa el mundo, subido al umbral de las cosas imposibles. Como de reojo, cual sabio de antaño, nos divisa y, enseguida, nos quita la atención. Nos tiene presos en cubículos rotos. Encadenados en cadenas vencidas, soñando en plena vigilia.
¿Quién dijo que era malvado? Tal vez sólo cumple su función. Tal vez lo precisamos a veces, para tocar esas fibras que, por el momento, son inalcanzables de otra forma.
El dolor es sutil -y útil- y, por momentos, bellamente sensible. Hasta es como una criatura, que pide cuidados para sobrevivir. Como un pequeño cristal que nos transforma en la fragilidad que él mismo despide. Nos convierte en sombras peregrinas, sedas errantes. Proezas de un destino con piezas borrosas. Las piezas están, pero la niebla aún nos cubre. No podemos ver ese destino, pero lo podemos palpar. Es como el viento.
El dolor es el aroma del grito del alma, una manifestación de un cambio en los engranajes que nos movilizan. Seríamos su hogar perfecto, si no supiéramos soñar: viajar con la imaginación, hasta darnos cuenta que esos viajes son reales, pero se manifiestan en realidades que aún no recordamos cómo abordarlas. Lo haremos pronto, y nadaremos como atletas del altísimo allí. En plena concordancia, en el infinito sentido de lo natural. En la vibración más sublime y sencilla: nuestra pureza en estado bruto.
El dolor son las nubes que tapan el sol de la esencia, los recorridos laberínticos que nos hastían, pero que al fin nos dan un arribo cálido y esperado a la salida: la luz que se presenta al final y al comienzo del túnel. Túnel que va desde la ceguera hasta la visión perfecta, desde el sufrimiento fustigante hasta la felicidad en plenitud que surge del hecho de ser.

El dolor, querido, querida, son los sueños que se marchitan, los anhelos que se ahogan, las palabras que no se dicen -y las que se dicen sin querer ser dichas-, las miradas que se esquivan, las ilusiones a las que tenemos que renunciar, los amores desamorados, el derrumbe de aquello a lo que nos aferramos.
El dolor es la otra cara de la consciencia.
Ambos son puentes al infinito, es decir: hacia ti mismo.



lunes, 2 de agosto de 2021

MÚSICA

Musa de la nueva era

Sol que me canta y que me espera

Vida que nace del aire

Ritmo que vibra en las copas de los árboles


Hambre que me llena, espacio que me vacía

estrella en las noches, luz del mediodía

umbral que me llama, clamor que me aclama

atuendo que me viste, espejo que me aliviana


¿Qué serían mis días, sin tus brillantes melodías?

¿Y qué de mis silencios, sin la esencia de tus tiempos?

¿Qué del corazón, sin la métrica de tu amor?

¿Y qué de las voces, sin la sutileza de tus roces?


Amiga, perla en cada movimiento escondida

Joya que en los vaivenes del viento transita

Hueco en donde convergen todas las edades

Primogénita de las humanidades


Hoy te doy mi amor y veneración

y te agradezco por tantos momentos de contemplación

Por ser el vehículo de mi espíritu imperecedero

Por ser el único tesoro verdadero




martes, 20 de julio de 2021

SURREALISMO FELIZ

¿Puedo darte mis palabras serenas y ciertas? ¿Llegará a tu corazón el latido de mi bienestar? ¿Comprenderá tu mente mi estado de desazón?
El cielo cortó fuerte el bote en el que nos embarcábamos. Quedaste de un lado y yo del otro.
Perdido en este desierto de sal, sólo veo reflejos de lo que fuiste, auroras boreales de tus pensamientos aún presentes.
Auras del alba que dan a luz nuevas islas.
Catársis imaginarias, horóscopos del viento, ríos de posibles existencias en otros universos, donde la vida habrá tenido otro desenlace. ¿Quién sabe? Tal vez este anhelo se debe a que se esté viviendo en otro lado. Pido ser quien puedo ser. Así comprendo. Te entiendo y sigo. Continúo mi viaje. Bendigo el tuyo. Salto en un trampolín y aniquilo la gravedad, para poder flotar ad eternum.
Ese pez que nadaba cerca, ahora es ilusión óptica de mis sentires más profundos, y dibuja en mi mente ondas astrales, mundos en gestación.
Mi surrealidad es real, y el pasado baja el telón.
Una nueva escena se teje. Ahora, tu imagen es leña para mi fuego interior.
Y crezco día a día, alimentándome del beneplácito que el sol me da al salir cada mañana.