Pienso en la soledad como "punto de partida", y no como "punto de llegada.
Lo mismo puedo decir del abrazo. No camino para recibir uno -aunque llega inevitablemente, y es bienvenido siempre- camino por haber recibido uno.
Cosa idéntica sucede con el amor. No es el fin hacerse de él -aunque nos lo topamos, pues en todas partes está- pero sí es el propulsor necesario para comenzar a caminar.
Todo se convierte en un impulso. De atrás hacia adelante la vida se genera. Como las olas en el mar. La orilla es para ellas el descanso, la muerte. Pero no es el objetivo que las moviliza. Sin embargo, es allí donde comienzan su renacer. Infiltran sus cuerpos en la arena -como si de un entierro se tratase- y luego progresivamente vuelven al mar, ya sea filtrándose por los pequeños resquicios del terreno, o evaporándose y elevándose al cielo para luego caer en forma de lluvia. Y así regresan a su origen, aquel inmenso mar que las empujó y les sirvió de viento a favor.
Aquella soledad del inicio, aquél primer abrazo sincero y aquellos primeros gestos de amor, son la esencia misma del camino a recorrer. Y, al final del viaje, no haremos otra cosa más que volver a ellos, pero ya habiendo experimentado su falta. Los baches, propios del transitar, nos permitirán reconocer el inmenso valor que tienen, el cual ninguna moneda puede comprar.
Lo sencillo, eso es el motor de la vida.